Los niños son espejos, termómetros sociales que ponen de manifiesto al mundo adulto; nos muestran lo que somos, qué amamos y cómo odiamos, nos reflejan cuando estamos de luz y cuando estamos a oscuras.

Creo que alcanzaría con detenerse y observar que necesitan para crecer en completud; que les resta o que les sobra para alcanzar el estado niño.

Veo en este mundo una lista realmente alarmante de adultos que maltratan, explotan, sodomizan, segregan, manipulan, violentan, corrompen, destruyen, torturan y abandonan a niños.

Siento crecer la tristeza en el mundo, un mundo tan indiferente desde todos los ángulos posibles y me pregunto: ¿Dónde quedó el instinto? ¿Dónde duerme la conservación de la especie? ¿En qué esquina perdimos la compasión? ¿Dónde guardaron a los guardianes de la infancia? ¿Quién secuestro al entendimiento? ¿Cuándo le hicieron una lobotomía a la justicia?

Por todo esto, los niños en mi cabeza, en mi observación, invadiendo mi taller; mi ideario, detonando mi conciencia.
Porque creo muy profundo que en ellos está la esperanza de evolución de nuestro humano.
Esa es la razón por la que tome como tema los estados de ánimo de los niños.
Y parí algunas de las miles de imágenes que la vida me ofrece a diario, de las buenas, que agradezco que sean tantas y tan maravillosas, y de las malas que se manifiestan dejando más que claro que no es lo mismo alumbrar que opacar.
Que no es lo mismo dar a luz que desembarazarse.

AG