La pintura es algo sano y hace bien, es uno de esos ordenadores que nos permiten develarnos, es, en muchos casos, un atajo al autoconocimiento.

Para mí, acompañar a mis alumnos y alumnas al ingreso de esa ruta es un privilegio. Dar herramientas particulares en cada caso para zambullirse en esta agua me devuelve una ligereza maravillosa, hacer simple lo complejo se vuelve un desafío, ayudar a despejar la impronta de cada uno es fascinante y no deja de sorprenderme a través de tantos años de enseñanza.

En un mundo donde el conocimiento académico tiene un protagonismo sobrevaluado, yo intento enseñar tomando la totalidad del ser en comunión con su hacer.

Pintar es un diálogo abierto, ameno, entre la obra y el artista, dar las herramientas para la fluidez de este idioma es mi tarea como maestra. No busco adeptos, no impongo una manera, sino la necesidad de buscar lo propio, el acuerdo interno. Acompañar en ese acuerdo, creer en ese acuerdo, asirlo, es lo que permite la honestidad que nos deja tan satisfechos, tan llenitos. La no búsqueda de resultados nos convierte en la posibilidad de viajar hacia la libertad, y poder observar más allá de los ojos físicos, con la mente clara, el corazón abierto, el cuerpo dispuesto y el alma despojada, hace de la pintura un baile en el paraíso.

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